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Daniela Domínguez sinónimo de resiliencia

nov 16, 2019


Cartagena, 16 de noviembre de 2019. Parada en las piscinas panamericanas de Cali, bajo un calor abrasador, a Daniela Domínguez su papá, Jaime, le hizo una pregunta certera: ¿Qué deporte quieres practicar?. Era una niña de tan solo cinco años y lo poco que había vivido era suficiente razón para que tomara una decisión errónea. Pero no fue así. Su respuesta fue clara: quiero nadar y bailar a la vez.
 

El deseo de todo padre es ver siempre en su hijo una sonrisa dibujada en la cara, con los ojos iluminados, llenos de ilusión. Y así vio Jaime a su hija, quien no tardó mucho tiempo en habituarse al agua, la acogió como si hubiera nacido de ella. Al principio fue un juego, de brazadas, chapoteos, y de aguantar la respiración. Pero cuando la intensidad subió y los entrenamientos fueron más duros, quiso abdicar, decir no más, retirarse por la puerta de atrás. No fue una opción. El señor Domínguez le dejó un consejo que nunca olvidará: “Si quieres algo en la vida, tienes que sacrificarte por ello, darlo todo, sin importar las dificultades”.

Lo siguió al pie de la letra. Tanto que su niñez se resumió en el deporte y el estudio. No había tiempo para nada más. La educación, siempre importante para la formación y madurez del ser humano, fue una de sus prioridades, el resto del tiempo lo pasaba debajo del agua, danzando como siempre se lo imaginó. Llegó a entrenar 12 horas diarias, en intervalos para que su día no fuera tan pesado.

No obstante, hubo un momento, que la marcó y la hizo querer convertirse en la mejor. “Me acuerdo mucho de una entrenadora que me dijo que jamás iba a llegar a ser la mejor, pero yo no le creí y empecé a trabajar. Mi papá me dijo: ‘Tú sabes lo que significa ser la mejor’. y le dije que no sabía, pero que lo quería hacer. Me respondió: ‘no se olvide de estas palabras’". Así fue aumentando las horas de entrenamiento hasta que se vio reflejado en su nivel y se convirtió en la primera de la categoría sub-15.

A los 17 años se fue tras uno de los sueños de su vida: salir del país en búsqueda de mejores oportunidades. Lo hizo en Quebec, Canadá. Se fue sin sus papás, tras el reto de afrontar las adversidades que de una decisión de esta magnitud se desprenden: no conocer el idioma, no saber cocinar, afrontarse solo a la vida. Lo más complicado fue, sin dudas, el idioma porque la mayoría del tiempo los regaños y consejos fueron en francés. Y su respuesta siempre fue sí, sí, sí. Así fue conocida dentro del equipo de natación artística de la ciudad.

Hasta que afrontó sus temores, aprendió el idioma y con trabajo, esfuerzo y dedicación se fue ganando un puesto en el equipo. Aplicó las enseñanzas de su padre: jamás desfallecer, luchar por lo que uno quiere, sin importar qué tan grande es el obstáculo que tiene al frente. Así fue imponiendo su figura. “Lo que importa siempre es demostrar la mejor versión de mí”, resalta.

Con la resiliencia que siempre la ha caracterizado, con esas ganas de sobreponerse a las dificultades y con la capacidad de trabajar para perfeccionar las herramientas del nado sincronizado, ha allanado mucho el camino a la cima. Lo demostró en la noche del viernes con la consecución de la medalla de oro en los XXI Juegos Nacionales, la primera que se entregó en estas justas que se disputan en Bolívar. 

Ya inscribió su nombre con letras doradas en la natación artística colombiana y, ahora, con 22 años, la siguiente meta a lograr, es cumplir su RETO, ese de representar al país en unos Juegos Olímpicos y hacer hondear la bandera de Colombia en lo más alto para seguir demostrando que esta es una tierra de atletas. “Sin importar qué tan grande sea tu sueño, siempre lucha por él”. Eso se lo repitió siempre su papá y lo aplica al pie de la letra. Y no parará hasta conseguirlo.

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